Colores de vida

Colores de vida

Aquella tarde llovía como si el cielo se fuera a caer entero encima de nuestras cabezas. Nubes plomizas cubrían por completo el cielo y su madre no le dejaba salir a jugar al parque. Desde la ventana contempló el hipnótico caer de las gotas de lluvia formando charcos y empapándolo todo, y un sentimiento extraño de nostalgia le vino a su mente. Con diez años ¿qué podría añorar? Carlos se preguntaba muchas cosas, que a menudo asustaban a sus padres como dónde iremos después de morir, o por qué algunas personas creen en Dios. Era sin duda un niño especial, que desde muy temprana edad se cuestionaba cosas que no le correspondían, y por eso vivía sin la plena felicidad y despreocupación que suele caracterizar a los más pequeños.

Y ahí estaba Carlos, un domingo de otoño sin poder salir a explorar,  merendando un trozo de pan con chocolate y un zumo, contemplando el horizonte como si en él quisiera hallar las respuestas, y contempló hasta aburrirse… hasta que apenas llovía y una pequeña brecha azul se abrió entre las nubes, dejando pasar el sol. Era su primer arcoíris. Lo contempló con los ojos como platos y, alucinando, sacó su caja de lápices de colores para compararlos con aquel fenómeno. Estaban todos, desde el más frío al más cálido. A él encantó ver el rojo porque parecía un rayo láser de las películas antiguas de ciencia ficción que veía con su padre. Solo tuvo que mirar a su madre para que esta le dejara salir, ahora que paraba la lluvia. Al fin y al cabo no iría muy lejos y todo el parque se veía desde su ventana en el octavo piso, por lo que Carlos siempre se sentía vigilado desde arriba.

Él iba en busca del magnífico arcoíris que había visto desde casa, y que según pudo comprobar, iba a parar junto al lago, cerca de los columpios. Corrió y corrió hasta llegar a la zona pero al llegar allí vio que no había nada, solo un par de personas paseando sus con perros, una pareja de galgos que jugueteaban libres por el parque. Nada más. No había arcoíris, y Carlos, sentado en un banco, se puso triste sin saber muy bien por qué, y de la misma manera su sentimiento de melancolía fue en aumento mirando el boquete entre las nubes que hacía salir la luz; una luz que parecía ir hacia él y sumirle en una especie de trance, como si todo lo demás se desvaneciera. Al tocar con el cristal de su gigantesco reloj de pulsera el rayo de sol se descompuso en mil colores y Carlos pensaba que se le saldría el corazón: ¿qué era aquello?

“Tu reloj es mágico. Puede absorber la energía de la luz y transformarla para ti en estos colores. Cada vez que veas el arcoíris significa que alguien muy especial se está acordando de ti” Su madre había ido a buscarlo, pues llevaba casi tres horas allí sentado. Carlos se sentía diferente, como si le hubieran quitado un peso de encima. Ahora era un niño feliz que, aunque no confiaba en la explicación de su madre, sabía que su reloj era mágico porque era un regalo de ella y de su padre, allá donde estuviera.

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